Argentina no es Japón, pero tampoco es un país sin riesgo sísmico. La región de Cuyo —San Juan, Mendoza, San Luis— es una de las zonas de mayor peligrosidad sísmica de América del Sur. San Juan vio el terremoto más destructivo de su historia en 1944, con más de 10.000 muertos. Salta, Jujuy y Tucumán también tienen actividad sísmica significativa. Y sin embargo, en la discusión sobre calidad de la construcción en Argentina, el diseño sismorresistente rara vez aparece en el centro del debate. Este artículo examina qué lecciones hay que aplicar, qué dice la normativa argentina, y qué significa la preparación sísmica para las empresas del sector de la construcción.
El riesgo sísmico en Argentina: geografía y magnitudes
Argentina tiene una zonificación de riesgo sísmico definida por el INPRES (Instituto Nacional de Prevención Sísmica) que clasifica el territorio en zonas de peligrosidad 0 a 4. La zona 4 —la de mayor riesgo— abarca San Juan, Mendoza, y partes de Salta y Jujuy. La zona 3 incluye Neuquén, Río Negro, Tucumán y partes de La Rioja y Catamarca. Buenos Aires está en zona 1, de baja peligrosidad, aunque eventos distantes pueden generar vibraciones perceptibles. El terremoto de 1977 en Caucete, San Juan (magnitud 7.4), y el de 2006 también en San Juan, son recordatorios de que el riesgo es real y recurrente. Lo que cambió desde 1944 no es la actividad sísmica —esa sigue igual— sino la normativa y las técnicas constructivas. El problema es que no todas las construcciones existentes cumplen con esas normas, especialmente el stock edilicio más antiguo.
La normativa sismorresistente: qué dice el INPRES-CIRSOC
El reglamento de referencia en Argentina para diseño sismorresistente es el INPRES-CIRSOC 103, que establece los criterios de diseño para estructuras civiles en función de la zona sísmica, el tipo de suelo y el uso del edificio. El reglamento fue actualizado en varias oportunidades y su versión vigente incorpora conceptos del enfoque de desempeño sísmico —la idea de que un edificio bien diseñado no debe colapsar ante el sismo de diseño aunque sufra daños. Para las empresas constructoras que operan en zonas sísmicas, el cumplimiento del INPRES-CIRSOC 103 no es opcional: es condición para la habilitación de obras. En la práctica, la supervisión del cumplimiento es heterogénea —los municipios con más recursos técnicos tienen mejor control— y existe un universo significativo de construcciones que no cumplen los estándares, especialmente en el sector de la autoconstrucción y en edificios anteriores a las versiones modernas del reglamento.
Demolición y refuerzo: el mercado de la vulnerabilidad sísmica
El stock edilicio vulnerable sísmicamente representa una oportunidad de mercado concreta para el sector de demoliciones. En ciudades como San Juan, hay barrios enteros con construcciones de adobe o mampostería sin armar que no tienen ninguna capacidad de resistencia sísmica. La demolición de esas estructuras y su reemplazo por construcciones nuevas sismorresistentes es un proceso que ocurre de forma lenta y fragmentada, pero que tiene escala. El programa de reconstrucción post-terremoto en zonas afectadas también es un mercado específico: la velocidad de respuesta, la capacidad de movilizar equipamiento y la experiencia en trabajos de emergencia son factores diferenciadores que pocas empresas del sector tienen sistematizados. Por otro lado, está el mercado del refuerzo estructural: en lugar de demoler y reconstruir, algunas estructuras pueden ser intervenidas con sistemas de refuerzo sísmico —encamisados de hormigón, inclusión de muros de corte, sistemas de aislación en la base— que mejoran su resistencia sin demolición completa. Esto requiere trabajo coordinado entre ingenieros estructurales y empresas especializadas en intervención en estructuras existentes.
Lecciones de terremotos recientes en la región
Los terremotos en Chile (2010, magnitud 8.8) y en Ecuador (2016, magnitud 7.8) dejaron lecciones directamente aplicables al sector de la construcción argentina. La primera lección es que el cumplimiento normativo salva vidas: en Chile, los edificios que siguieron las normas chilenas de diseño sísmico —consideradas entre las más rigurosas de la región— resistieron mucho mejor que aquellos con irregularidades constructivas o incumplimientos de norma. La segunda lección es sobre los suelos: los daños más severos en ambos terremotos ocurrieron en zonas de suelos blandos o rellenos, donde el efecto de amplificación sísmica potencia las ondas. Esto tiene implicancia directa para obras de excavación y fundación: conocer el tipo de suelo y diseñar fundaciones adecuadas al riesgo sísmico es crítico. La tercera lección es la velocidad de respuesta post-evento: las empresas con equipamiento adecuado, protocolos de movilización rápida y personal capacitado en trabajo de emergencia son las primeras en ser convocadas en la recuperación. Esa capacidad tiene valor antes del terremoto, no solo después.
¿Qué deberían hacer las empresas constructoras de cara al riesgo sísmico?
El primer paso es conocer la zonificación sísmica de las áreas donde opera la empresa. El mapa de peligrosidad del INPRES está disponible públicamente y es el punto de partida para cualquier decisión de diseño o presupuestación en zonas de riesgo. El segundo paso es asegurarse de que el equipo técnico propio —o los ingenieros contratados— maneje el INPRES-CIRSOC 103 y sus implicancias para fundaciones, estructuras y procesos constructivos. El tercer paso, menos intuitivo pero muy valioso, es desarrollar capacidad para trabajar en emergencias post-sísmicas: protocolos de evaluación rápida de daños estructurales, equipamiento para demolición de urgencia en zonas de derrumbe, y relaciones establecidas con los organismos de emergencia provinciales y nacionales. Este último punto es especialmente relevante para empresas del sector de demolición y excavación, que son las primeras convocadas cuando un edificio colapsa.